sábado, 16 de octubre de 2010

Barcelona

Esta ciudad española es sin dudas una de las ciudades más fabulosas del mundo. Tiene una combinación única de historia y modernidad, en una situación privilegiada a orillas del mediterráneo por cuyas aguas llegaron las influencias de distintas culturas que le dieron a la ciudad un ritmo vibrante y colorido. Y, por si algo faltara, el ser catalán cada vez más presente.
Fui por primera vez a Barcelona en 1998, en un viaje de egresada universitaria, y como buena arquitecta llegué atraída por la arquitectura de Gaudí, el barrio gótico y otras grandes obras como el Pabellón de Barcelona de Mies Van der Rohe y la más reciente Villa Olímpica. Una vez allí descubrí mucho más, más arquitectura, más vida en las calles, más calor, más sol y el mar…
Volví 10 años después dispuesta a disfrutar la ciudad con calma y en profundidad y con una lista de cosas para ver y hacer que me ocupaba media valija.
Llegué en tren desde Bilbao a la estación Franca bien temprano en la mañana de un hermoso día. Había reservado el hostel Centric Point que está sobre el Paseo de Gracia en un precioso edificio de principios del siglo XX, frente a la casa Lleo Morera de Domenecq i Montaner (en la manzana de la discordia) y a sólo media cuadra de la Casa Batló y tuve el placer de desayunar en un cafecito del Paseo mirando esa maravilla de Gaudí.

Después me fui hacia la Plaza Cataluña, que está en el límite entre el barrio antiguo y el ensanche, y en la oficina de turismo compré la Barcelona Card que tiene descuentos para las principales atracciones, transportes gratuitos por los días de vigencia de la tarjeta y un paseo en barco por el puerto.
El siguiente punto fue el barrio gótico que es increíble pero que como casi todos los centros históricos está copado por el comercio. Igual, eso no le quita belleza aunque sí lo llena de locales y turistas. Por el Portal del Ángel llegué hasta la magnífica Catedral pero decidí dejarla para otro día. En el camino vi edificios increíbles, desde el modernista Els Quatre Gats hasta el Colegio de Arquitectos con el bajorrelieve de Picasso.

Me interné por esas callecitas estrechas que nos transportan a otra época, hasta llegar al Museo de Historia de la Ciudad que funciona en un edificio del siglo XIV bajo el cual se pueden observar los restos de la Barcelona romana. Este museo se comunica con el Palacio Real Mayor, un fabuloso edificio del siglo XIII que alberga la sala en la que los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón luego de su regreso de América. La muestra es interesantísima y con maquetas, videos e instalaciones se explica la evolución de la ciudad desde la era romana hasta el siglo XX. El Palacio Real sorprende por su sobriedad.


Las calles del barrio gótico se estrechan, giran, se vuelven sobre sí mismas y es muy fácil desorientarse pero de repente se abren para dar paso a una plaza bañada en luz.

En el medio del casco antiguo Las Ramblas conducen directamente hacia el mar. El Monumento a Colón sirve como punto de referencia y mirador. Desde su cima las vistas son magníficas: el mar y el puerto hacia el sur; al este el sector más nuevo, la Villa Olímpica, el Paseo Costero y la zona del Forum; hacia el norte, el barrio gótico y el ensanche; hacia el oeste, el Raval y Montjuic.

Frente al monumento tomé un barquito, de los llamados Golondrinas, para hacer un recorrido de media hora por el puerto productivo, con sus barcos de carga, silos, empresas y, cómo no, enormes cruceros.

De vuelta por Las Ramblas viendo más arquitectura fabulosa y otras delicias como el Mercado de la Boquería, un verdadero placer para los sentidos.


Una pasadita por el hostel y a la Casa Batlló. En el ‘98 sólo se podía visitar la planta baja, además de la fachada por supuesto, pero ahora se pueden ver además el primer piso, el patio trasero, el ático y la terraza. No voy a extenderme sobre la obra de Gaudí, ni de otros modernistas, porque merece un capítulo aparte, pero sí voy a decir que esta arquitectura me emociona por su belleza, su elegancia y su complejidad. La mano del autor está presente en cada detalle con una maestría incomparable. Lo habrán tildado de loco pero el mundo sería menos interesante sin gente como él.

Terminé mi primer día en la ciudad en Montjuic en medio de muy variadas expresiones de la cultura. Por un lado el Pabellón de Barcelona de Mies, obra paradigmática de la arquitectura moderna; por otro lado el Caixa Forum, rehabilitación de una antigua fábrica de cerámicas para la creación de un centro cultural (la obra arquitectónica me pareció buenísima y había una exposición de Alfons Mucha espectacular); para finalizar la Fuente Mágica con un espectáculo de aguas danzantes al ritmo de música de películas. La Biblia y el calefón, pero fue divertido.

Montjuic tiene mucho más para ofrecer: el Castillo, el estadio olímpico, el Museo Miró (buenísimo), el Pueblo Español (una reconstrucción de distintas partes de España, demasiado escenográfica para mi gusto) y hermosos paisajes. Da para pasar por lo menos medio día recorriéndolo.

Mi segundo día en Barcelona empezó, para variar, con Gaudí. Esta vez La Pedrera o Casa Milá. Cuando la construyeron causó tanto impacto que las caricaturas la mostraban como un estacionamiento de naves espaciales y tal vez lo parezca pero es increíble como este bloque de piedra se expresa con tanta plasticidad. Al igual que en la Casa Batló, hoy en La Pedrera pueden visitarse la planta baja, el quinto piso que está amueblado como en la época de su construcción, el ático y la fantástica terraza con sus singulares guardianes de piedra.

Seguí con la obra cumbre de Gaudí, la Sagrada Familia, que después de más de cien años se acerca a su culminación. Hay bastante controversia alrededor de esta obra porque Gaudí murió en una etapa temprana de su construcción y sólo dejó terminada la fachada del Nacimiento, el planteo para la iglesia e indicaciones para las otras fachadas, las torres y la imagen general. Con esta información y mucha pasión, cientos de arquitectos, ingenieros, artesanos, artistas, talladores de piedra y herreros trabajan desde hace años para completar este gran sueño y el resultado, a mi criterio, es increíble.
Luego de la fachada del Nacimiento (que es preciosa, dulce y está llena de flores y animales) se construyó la fachada de la Pasión con obras del escultor Subirat y con una imagen drásticamente distinta. Esta fachada es dura, áspera, doliente, como el momento que representa. Sus estilos son muy diferentes pero para mí no desentonan. El resto de la construcción sigue los lineamientos y el estilo de Gaudí, las torres rematan en una suerte de racimos de frutas de colores brillantes, los interiores (ya tiene interiores!) se inundan de colores gracias a unos fabulosos vitrales y las bóvedas se elevan sobre un bosque de columnas finas y esbeltas. Desde sus torres se tienen increíbles vistas de la ciudad y se puede apreciar con más detalle la construcción.
La cantidad de visitantes es insoportable (hay colas para entrar, subir y caminar) pero como uno forma parte de esa horda invasiva hay que aguantar. Vale la pena. Me queda volver para verla completa.

Para rematar mi empacho Gaudiano me fui hasta el Park Güell a disfrutar de un hermosísimo día. El parque le fue encomendado a Gaudí por el señor Güell como una suerte de ciudad obrera a la manera de las que surgían en otros países europeos. El proyecto quedó inconcluso pero las zonas pensadas para el esparcimiento y descanso de los obreros fueron transformadas en un parque público que tiene distintos sectores: paseos, terrazas, recovas y un espacio cubierto pensado para mercado sobre el que hay una explanada rodeada por sinuosos bancos recubiertos con la famosa técnica del trencadis. A la entrada del parque nos recibe una especie de dragoncito o lagartija que se transformó en uno de los emblemas de la obra de su creador. La próxima vez espero hacer un picnic ahí.

En mi tercer día en la ciudad tenía una cita con uno de mis edificios preferidos: el Palau de la Música Catalana. Una maravilla modernista de Domenec i Montaner que me había impresionado en mi primera visita y al que no podía dejar de volver. Una vez más me maravillé con sus formas y colores y con la increíble sala custodiada por las musas y rematada por una lucarna de vidrio de colores.

Luego más barrio gótico, donde está el Palau, y la Catedral una maravilla que comenzó a construirse a fines del siglo XIII que, además de sus magníficas naves y capillas, esconde unos claustros con vegetación exuberante. Por la mañana la visita es gratuita pero por la tarde se paga, además se puede subir a las terrazas aunque yo no enganché el horario justo.

Después me fui al otro lado del casco antiguo, más allá de Las Ramblas, al barrio conocido como El Raval que está siendo recuperado con algunas obras públicas y está habitado por una mezcla de etnias y nacionalidades que lo vuelven muy interesante: africanos, musulmanes y latinoamericanos le agregan sonidos y aromas a las calles. En este barrio está el Museo de Arte Contemporáneo, un edificio blanco y diáfano diseñado por Richard Meier que alberga las últimas expresiones artísticas. Cuando salí caminé por las Rondas de Saint Antoni y Sant Pau y, previa parada técnica para comer un riquísimo shawarna, llegué al monumento a Colón donde alquilé una bici para hacer un recorrido que ya comenté en otra entrada.

En mi cuarto día en Barcelona recorrí el Barrio de Gracia, al final del Paseo del mismo nombre. Buscaba la casa Vicens de Gaudí, no la encontré pero si hallé una cantidad de edificios increíblemente bellos, callecitas encantadoras y placitas escondidas.

Luego tomé la Avenida Diagonal hacia el mar para volver a la zona más nueva de la ciudad que ya había visitado en bici el día anterior. En el camino pasé bajo la torre Agbar (o el pepino como la llaman aquí) que, contra todos mis prejuicios, me gustó mucho. El entorno todavía no ha mejorado pero la torre es esbelta y tiene una piel muy interesante que para mí imita la técnica del trencadis que caracteriza al modernismo. Terminé en el Forum, un conjunto de Herzoj y de Meuron, que no es bello pero sí interesante.

En mi quinto y último día me dediqué a visitar obras que quería conocer como el Hospital Sant Pau de Josep M. Pujol, ubicado al final de la Avenida Gaudí que sale desde la Sagrada Familia. Es un conjunto hospitalario de pabellones modernistas que se mantiene en excelente estado y en pleno funcionamiento. Detrás están construyendo un hospital nuevo que, supongo, albergará las funciones más complejas de la institución.
Después fui al Mercado Santa Catarina, un antiguo mercado ubicado a unas cuadras de la Catedral que fue rehabilitado por Enric Miralles con una sinuosa cubierta plena de colores. Me encantó y me comí unas tapas riquísimas.
Volví a internarme en el barrio Gótico hasta la Basílica Santa María del Mar y desde ahí al Parque de la Ciudadela y a la Barceloneta porque nunca me cansaré del mar.


Atracciones
Hay para todos los gustos, las mías se relacionan en general con la arquitectura y el arte. Las entradas individuales a edificios o museos cuestan unos 10 euros pero hay varias tarjetas de descuento muy convenientes, sólo hay que definir los días para aprovecharlas al máximo. También hay algunos lugares gratuitos, como los museos de la ciudad, y si no se entra a ningún lugar pago igual se disfruta porque la verdadera atracción de la ciudad son las calles y su gente.

Descuentos
Barcelona Card
Ruta del Modernismo
Bus Turístico

Transporte
Barcelona tiene una red de transporte público buenísima formada por metro, buses, trenes y ahora también bicicletas, con la que es posible recorrer toda la ciudad y también las cercanías. El pasaje individual cuesta 1,6 euros pero hay tarjetas por diez viajes, por día o por semana y algunas tarjetas de descuentos para atracciones como la Barcelona Card incluyen viajes ilimitados por los días de vigencia de las tarjetas.

Comidas
La comida es deliciosa y la oferta infinita. A mi me encantaron los mercados para un bocadillo al paso o un almuerzo porque ofrecen productos frescos y a buen precio. El de la Boquería es el más famoso y también por eso el menos agradable porque está demasiado lleno de gente, pero en la ciudad hay una red de mercados y todos son excelentes. Por supuesto está lleno de restaurantes de todas las categorías y también cadenas locales e internacionales de comidas rápidas con precios accesibles y, algunos, con platos saludables. Supermercados como Carrefour tienen comidas preparadas y envasadas decentes y baratas y El Corte Inglés tiene una sección de gastronomía muy buena aunque un poco más cara. Algo que me sorprendió es que en Barcelona abundan las chocolaterías y el chocolate es realmente riquísimo. Las pastas (facturas para nosotros) también son muy buenas.

Compras
Hay de todo, desde marcas caras a cadenas accesibles a los africanos que venden carteras y pañuelos por la calle. En ciertas zonas la cantidad de comercios y de gente haciendo compras agobia pero igual hay que dar una miradita. Yo me enamoré de la marca Desigual, ropa súper original, y de http://www.muji.com/ una marca japonesa de artículos para viajes, guardado, papelería y miles de otras cositas, donde quise comprarme todo.

Costos
Argentina, Buenos Aires especialmente, está muy cara así que nada me pareció excesivo allá. El hostel tenía desayuno pero desayunar afuera un café con unas pastas o un bocado (sándwich) cuesta entre 2 y 3 euros. Se puede almorzar liviano por 4 o 5 euros y cenar muy bien por 10 o 12 euros.

Idioma
El idioma en Barcelona es el catalán y aunque no abandonaron totalmente el español, en la calle casi no se lo escucha. El fenómeno es tan pronunciado que, entre los catalanes y los turistas de todas partes del mundo, empecé a extrañar el castellano.


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